30 DIAS A LA VICTORIA A TRAVEZ DEL PERDON

DIA 30

¡SUELTA LA CUERDA DEL DOLOR!

No hace mucho pasé por mi garaje cuando me dirigía a una reunión. Me subí al auto y pulsé el control remoto para abrir la puerta, sin pensar mucho en ello.


Silencio. La puerta seguía cerrada.


Volví a pulsar el control remoto de la puerta del garaje. Pero tampoco se abrió.
Salí del auto y fui a pulsar el botón que está en la pared. Lo pulsé una y otra vez y miré la puerta del garaje, que ahora me tenía encerrado allí. Permanecía cerrada, como si no quisiera que perturbaran su letargo. Miré mi reloj y me di cuenta de que si esa puerta no se abría rápidamente, llegaría tarde. Todos los que me conocen saben que detesto llegar tarde.


Sentimientos de frustración e impotencia empezaron a crecer dentro de mí. La puerta era demasiado pesada para levantarla yo solo por mis propios medios; si no, la levantaría y saldría. El sistema de la puerta del garaje era demasiado complicado de arreglar; si no, lo arreglaría. Así que me acerqué a una etiqueta pegada junto a la puerta del garaje y encontré el teléfono del instalador. Cuando llamé, me pidió que revisara las dos luces rojas que había a cada lado de la puerta.


“¿Están alineadas?”, preguntó. Me fijé y rápidamente descubrí que no lo estaban. Alguien había golpeado la cajita que contenía la luz roja del lado derecho y las dos luces ya no se comunicaban entre sí.


Me arrodillé y empujé suavemente la caja de­recha hasta ponerla en su lugar. Después, volví a donde estaba el botón y lo presioné. La puerta se abrió.


Amigo, la falta de perdón es un peso demasiado pesado de levantar por uno mismo. A menudo el proceso de ser libre es demasiado profundo y complicado de entender. Como una puerta que no se abre y te impide salir, la falta de perdón te encierra dentro de ti mismo, hasta que simplemente te arrodillas delante de Aquel que mejor te conoce y alinea tu corazón, tus pensamientos y tus acciones con Él.

LA FALTA DE PERDÓN TE ENCIERRA DENTRO DE TI MISMO.

El pecado de otra persona podría haberte movido de tu lugar de alineación con Dios al suscitar tus propios pecados de duda, amargura, remordimiento y odio. Pero si te arrodillas delante de Dios, ­confiesas tus pecados (tu reacción inadecuada a lo que te sucedió) y confías en que Él es soberano y puede usar hasta lo negativo de tu vida para conducirte a tu propósito perfecto, Él te liberará. La puerta de la duda se levantará y tú llegarás a tu destino.

¿Pero qué pasa con el dolor? Aunque perdone, ¿qué hago con el dolor que todavía siento?
¿Has visto alguna vez esas campanas situadas en lo alto de los antiguos campanarios de las iglesias? Esas campanas gigantescas estaban diseñadas para que se escucharan a kilómetros de distancia. Antes de los avances tecnológicos de hoy, alguien subía al campanario y tiraba de una cuerda para hacer sonar la campana. Cada vez que sonaba, alguien estaba agarrado a la cuerda.


Esa persona calculaba cuántas veces debía sonar fuerte la campana y luego tiraba de la misma esa cantidad de veces.

Sin embargo, algo sucedía cuando la persona soltaba la cuerda. Debido al impulso de su movimiento, la campana seguía sonando, aunque no tan fuerte como antes. Seguía produciendo un sonido mientras oscilaba de un lado a otro.


El dolor es muy similar a esa campana. El perdón tiene lugar cuando sueltas la cuerda, pero por el impulso de tu dolor, seguirá estando allí hasta cierto punto. Lo seguirás sintiendo cuando confrontes un factor detonante o un recordatorio de lo ocurrido. Pero después de soltarlo, lo sentirás menos. Y llegará un momento en que la campana del dolor se apaciguará. El sonido irá aminorando en tu alma y finalmente desaparecerá.


No te preocupes si la campana sigue sonando después de haber escogido perdonar. Consuélate sabiendo que si de verdad has soltado la cuerda, la campana de tu dolor no seguirá sonando para siempre. Disminuirá. La brecha entre sus factores detonantes será cada vez mayor. Y un día, sin que te des cuenta, habrá desaparecido.
Amigo, suelta la cuerda. Es hora de ser libre.