30 DIAS A LA VICTORIA A TRAVEZ DEL PERDON

DIA 29

¡VENCE EL MAL HACIENDO EL BIEN!

Perdonar a otros o a nosotros mismos puede ser difícil. Admitir que nos cuesta perdonar a Dios puede ser aún más difícil.
Desde luego, esto no significa que Él haya hecho algo malo. No lo estamos perdonando por haber pecado, porque Él no tiene pecado. De hecho, todo lo contrario: lo “perdonamos” sin atribuirle ninguna ofensa. Afirmamos que Él es bueno y que busca lo mejor para nosotros aun cuando, en su soberanía, permita que nos lastimen.


Dios fue bueno aun cuando permitió que el diablo probara a Job con una catástrofe tras otra. Fue bueno incluso cuando le dijo a Ezequías que iba a quitarle la vida al día siguiente. Fue bueno aun cuando le dio a Pablo un aguijón en la carne. David, el hombre conforme al corazón de Dios, se refiere regularmente a las heridas que Dios le impuso.


En su soberanía, Dios conoce el propósito del dolor. Ve el tesoro en las pruebas. Conoce el final desde el principio. Pero desde nuestra perspectiva limitada, a menudo solo vemos las heridas. Y está bien admitir —como lo voy a hacer yo— que nuestras heridas pueden hacernos enojar con Dios. Esto podría no parecer muy espiritual, pero es mejor reconocer la verdad.


El principio fundamental para perdonar a Dios o para dejar atrás la amargura y el enojo cuando Él permite el dolor en nuestra vida se encuentra en Romanos 8:28. Cuando aceptas la verdad de que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios y son llamados conforme a su propósito, recibes la fortaleza y la sabiduría de ver las pruebas, las decepciones y el dolor de la vida a través de la lente de las buenas intenciones de Dios.


EN SU SOBERANÍA, DIOS CONOCE EL PROPÓSITO DEL DOLOR.

Cuando aceptas que Dios ha permitido que te ocurran cosas, porque tiene algo mucho mejor para ti, puedes hallar la libertad de responder, en un espíritu de amor, a quienes te lastiman. Incluso puedes buscar su bien. “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Ro. 12:21).

Para vencer con el bien el mal, trata de orar para que Dios intervenga en el corazón de la persona que te ha herido. Usa Efesios 1:16-23 como tu oración y sustituye el nombre de la persona por la palabra “tú”. Haz lo mismo con Colosenses 1:9-14.
Haz esto cada día y ora teniendo en mente estos versículos.


• “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Jn. 5:14-15).
• “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié (Is. 55:10-11).


Ora con la confianza de que Dios puede cambiar un corazón y lo hará conforme a su perfecto plan, si permaneces constante delante de Él con fe. Y aunque Él decida no hacerlo, tu corazón será transformado por medio de este acto de amorosa oración por alguien que te haya hecho daño. Ablandará tu corazón en lo que una vez estaba duro, capacitándote para amar libremente y vivir a tope tu propósito y el plan de Dios.