30 DIAS A LA VICTORIA A TRAVEZ DEL PERDON

DIA 15

TU NECESIDAD DE PERDONAR 

Como hemos venido descubriendo en este viaje de 30 días, nada te libera tanto para llegar a tu destino como el perdón. Por encima de todo lo demás, es lo que abre la puerta para que Dios se mueva en tu vida. Es lo que suelta su mano y abre su corazón para sacarte de donde estás y llevarte donde se supone que has de ir; y es que el perdón moldea tu carácter conforme al de Él. 

Dios es santo y habita en la santidad. Cuando te niegas a amargarte por el pasado, mantienes tu alma libre del pecado de la falta de perdón. Me entusiasma que te alejes de todo lo que te frena y te agobia; que estés descubriendo la libertad y el futuro que la vida de perdón te ofrece. 

Durante cuatro décadas he asesorado, según la Palabra de Dios, a personas que han afrontado circunstancias difíciles en la vida, cosas que sencillamente no eran justas. Es muy probable que el dolor que tú has experimentado pertenezca a esta categoría. Tal vez no fuera culpa tuya. Quizás fue una injusticia, y no hiciste nada para merecerlo o provocarlo. 

Trabajaste fielmente para tu jefe durante veinte años y, cuando llegó la recesión, te dio las gracias junto a una carta de despido. O amaste y te dedicaste a tu esposo e hijos, y ahora él se ha marchado con una mujer más joven. O tus hijos ya son adultos y no se acuerdan de ti. O tu pronóstico médico no ha mejorado, a pesar de la oración de todos. Puede ser que tu tío, tu primo o tu vecino no admitieran lo que te hicieron y no están, ni mucho menos, arrepentidos. O nunca te recuperaste por completo de un accidente. Sea lo que sea, es muy posible que no haya sido justo. 

NADA TE LIBERA TANTO PARA LLEGAR A TU DESTINO COMO EL PERDÓN. 

Y a menos que te hayas enfrentado primero a esa verdad, el dolor que sentiste entonces permanecerá real y agudo y seguirá dictando tus emociones y tu comportamiento. 

En mi experiencia de consejería, me he convencido de esta verdad simple, pero decisiva. Es la clave para caminar en victoria a través del perdón: 
El dolor es dolor. 

No hay jerarquía de dolor. No hay lazos para el primer clasificado de los que más sufren. En comparación contigo, los problemas de otros podrían parecerte mayores o su pérdida peor; pero eso no significa que tu dolor sea más fácil de sobrellevar ni le resta importancia al perdón. Sí, sé compasivo y empático con los que te rodean, pero sin ignorar tu propio dolor. No debes sentirte culpable de que otros hayan padecido heridas emocionales más graves. 

Una manera segura de detener el fluir del perdón es comparar tu dolor al de otros. Esto te llevará, inevitablemente, a minimizar la importancia de tu propio sufrimiento. Quizás estás intentando ser “espiritual” poniendo a los demás primero, pero reconocer y aceptar tu propio dolor conduce al perdón verdadero, y te acerca más al corazón de Dios para ti. 

La falta de perdón puede esconderse bajo la fachada de una buena vida cristiana. Tal vez no se manifieste en arrebatos de enojo ni en un lenguaje mezquino, pero aflorará, quizás de un modo más pasivo, como por ejemplo no ayudar a quienes sabes que lo necesitan, amar menos y gastar más o incluso recurrir al alcohol o a la comida para aliviar tu dolor. 

Cualquiera que sea el caso, uno de los primeros pasos hacia el perdón es, simplemente, reconocer que necesitas perdonar, admitir que algo o alguien te lastimaron profundamente y que podría haber sido injusto. 

Pasa un momento con Dios ahora mismo y pídele al Espíritu Santo que lleve tu corazón al lugar donde puedas hacerlo. Puede ser que necesites pedirle que traiga a tu mente algunas cosas que has tratado de ignorar, pero que te siguen agobiando. Si puedes, escríbelas. A veces con solo anotar las ofensas o lo que necesitas perdonar se produce una mayor consciencia de que es posible hacerlo.