
30 DIAS A LA VICTORIA A TRAVEZ DEL PERDON
DIA 12
EL PERDÓN UNILATERAL
Cuando perdonas a alguien que no te ha pedido perdón y que tal vez ni siquiera se ha arrepentido de su ofensa, estás ofreciendo perdón unilateral. Le estás concediendo el perdón por tu cuenta, de manera unilateral o sin su participación.
¿Por qué perdonarías a quien no te lo ha pedido y, probablemente, no se lo merezca? Esta es la razón principal: no lo perdonas para liberarlo a él, sino a ti mismo. Lo haces para poder seguir adelante. El perdón unilateral te libera de algo que la otra persona quizás no corrija nunca. Es lo que Dios hizo en la cruz al no tomarles “en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co. 5:19).
Hay otras razones para perdonar unilateralmente. La ofensa podría ser tan pequeña que no valga la pena confrontar a la otra persona. Tal vez el ofensor haya fallecido o no puedas contactarlo. Quizás el ofensor no se arrepentirá ni se disculpó, o ni siquiera reconoce lo que ha hecho.
En situaciones como estas, si no puedes perdonar unilateralmente, eres tú quien queda como rehén y no el ofensor. Se dice que negarse a perdonar es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera por su efecto. Pero es evidente que solo te estás envenenando tú. La amargura, el remordimiento y el enojo, que se agitan dentro de ti, emponzoñan tus pensamientos, dominan tus emociones, te distraen de vivir tu destino y arriesgan tus relaciones.
Negarse a perdonar es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera por su efecto.
Tú no puedes cambiar lo que te sucedió ni cambiar a la persona que lo hizo. Solo puedes cambiar tú mismo y tu respuesta a la ofensa, de modo que este debe ser tu enfoque.
Un día, mientras manejaba mi auto, otro conductor chocó contra mí ¡y después se alejó a toda velocidad! Mi auto quedó bastante abollado. Comparado con el gran esquema de la vida, era cosa menor, pero fue un verdadero reto para mí. Cada vez que veía mi auto abollado, me sentía frustrado, impotente y perdido; son las emociones típicas de las víctimas de un conductor que se da a la fuga. Me horrorizaba el inconveniente de llevar mi auto a reparar y asumir el gasto, pero finalmente lo tuve que hacer.
No había hecho nada para merecer el daño y hacía tiempo que el otro conductor había desaparecido. Pero si dejaba mi auto abollado, siempre recordaría lo sucedido aquel día. Tuve que reparar el auto para dejar atrás aquella situación y seguir adelante.
La persona que lo dañó ni siquiera se disculpó. No me dio su número de licencia ni su tarjeta del seguro. Tampoco se detuvo a ver si yo estaba bien o estaba herido y necesitaba ayuda. Pero esto no tenía que ver con el ofensor, sino con mi capacidad de vivir una vida emocional sana.
El perdón unilateral no solo libera a la otra persona; también a ti.
Cuando apedreaban a Esteban, el primer mártir de la Iglesia, él ofreció perdón unilateral. Le pidió a Dios que perdonara a aquellos que lo estaban matando y oró: “¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!” (Hch. 7:60).
¿Cómo pudo reunir Esteban la fortaleza emocional para actuar así? El versículo 56 dice que había visto a Jesús a la diestra de Dios. Su clara visión de un futuro más prometedor y un propósito superior le empoderó para perdonar a quienes no querían ni merecían su perdón.
Jesús hizo lo mismo a una escala mucho mayor cuando colgaba de la cruz. De hecho, murió para proporcionarnos el perdón y sentar las bases para que perdonemos a otros (Ef. 4:32; Col. 3:13). Cuando nos enfocamos en lo que Cristo hizo en la cruz por nosotros, recibimos la fortaleza para perdonar a otros.
Amigo, tal vez tus ofensores no admitan nunca que se comportaron mal, por no hablar de que se disculpen. Afrontar ese hecho es clave para seguir adelante. Perdonar unilateralmente en esas situaciones impedirá que te envenenes con amargura y resentimiento. Dios tiene un propósito para tu dolor. Nada te llega sin pasar primero por sus manos. Y si Él permite esto, puede usarlo para un bien mayor siempre que tú confíes en Él, lo busques y lo veas, como Esteban, a la diestra de Dios, exaltado sobre todo principado, potestad y autoridad. No permitas que las ofensas de otros o tu propio dolor empañen tu perspectiva de un futuro mejor y un propósito superior.
Cuando perdonas a alguien que no te ha pedido perdón y que tal vez ni siquiera se ha arrepentido de su ofensa, estás ofreciendo perdón unilateral. Le estás concediendo el perdón por tu cuenta, de manera unilateral o sin su participación.
¿Por qué perdonarías a quien no te lo ha pedido y, probablemente, no se lo merezca? Esta es la razón principal: no lo perdonas para liberarlo a él, sino a ti mismo. Lo haces para poder seguir adelante. El perdón unilateral te libera de algo que la otra persona quizás no corrija nunca. Es lo que Dios hizo en la cruz al no tomarles “en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co. 5:19).
Hay otras razones para perdonar unilateralmente. La ofensa podría ser tan pequeña que no valga la pena confrontar a la otra persona. Tal vez el ofensor haya fallecido o no puedas contactarlo. Quizás el ofensor no se arrepentirá ni se disculpó, o ni siquiera reconoce lo que ha hecho.
En situaciones como estas, si no puedes perdonar unilateralmente, eres tú quien queda como rehén y no el ofensor. Se dice que negarse a perdonar es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera por su efecto. Pero es evidente que solo te estás envenenando tú. La amargura, el remordimiento y el enojo, que se agitan dentro de ti, emponzoñan tus pensamientos, dominan tus emociones, te distraen de vivir tu destino y arriesgan tus relaciones.
Negarse a perdonar es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera por su efecto.
Tú no puedes cambiar lo que te sucedió ni cambiar a la persona que lo hizo. Solo puedes cambiar tú mismo y tu respuesta a la ofensa, de modo que este debe ser tu enfoque.
Un día, mientras manejaba mi auto, otro conductor chocó contra mí ¡y después se alejó a toda velocidad! Mi auto quedó bastante abollado. Comparado con el gran esquema de la vida, era cosa menor, pero fue un verdadero reto para mí. Cada vez que veía mi auto abollado, me sentía frustrado, impotente y perdido; son las emociones típicas de las víctimas de un conductor que se da a la fuga. Me horrorizaba el inconveniente de llevar mi auto a reparar y asumir el gasto, pero finalmente lo tuve que hacer.
No había hecho nada para merecer el daño y hacía tiempo que el otro conductor había desaparecido. Pero si dejaba mi auto abollado, siempre recordaría lo sucedido aquel día. Tuve que reparar el auto para dejar atrás aquella situación y seguir adelante.
La persona que lo dañó ni siquiera se disculpó. No me dio su número de licencia ni su tarjeta del seguro. Tampoco se detuvo a ver si yo estaba bien o estaba herido y necesitaba ayuda. Pero esto no tenía que ver con el ofensor, sino con mi capacidad de vivir una vida emocional sana.
El perdón unilateral no solo libera a la otra persona; también a ti.
Cuando apedreaban a Esteban, el primer mártir de la Iglesia, él ofreció perdón unilateral. Le pidió a Dios que perdonara a aquellos que lo estaban matando y oró: “¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!” (Hch. 7:60).
¿Cómo pudo reunir Esteban la fortaleza emocional para actuar así? El versículo 56 dice que había visto a Jesús a la diestra de Dios. Su clara visión de un futuro más prometedor y un propósito superior le empoderó para perdonar a quienes no querían ni merecían su perdón.
Jesús hizo lo mismo a una escala mucho mayor cuando colgaba de la cruz. De hecho, murió para proporcionarnos el perdón y sentar las bases para que perdonemos a otros (Ef. 4:32; Col. 3:13). Cuando nos enfocamos en lo que Cristo hizo en la cruz por nosotros, recibimos la fortaleza para perdonar a otros.
Amigo, tal vez tus ofensores no admitan nunca que se comportaron mal, por no hablar de que se disculpen. Afrontar ese hecho es clave para seguir adelante. Perdonar unilateralmente en esas situaciones impedirá que te envenenes con amargura y resentimiento. Dios tiene un propósito para tu dolor. Nada te llega sin pasar primero por sus manos. Y si Él permite esto, puede usarlo para un bien mayor siempre que tú confíes en Él, lo busques y lo veas, como Esteban, a la diestra de Dios, exaltado sobre todo principado, potestad y autoridad. No permitas que las ofensas de otros o tu propio dolor empañen tu perspectiva de un futuro mejor y un propósito superior.