
30 DIAS A LA VICTORIA A TRAVEZ DEL PERDON
DIA 11
EL PERDÓN PERSONAL
Podría sorprenderte descubrir que empezamos por el perdón personal, o perdonarte a ti mismo. En realidad, la falta de perdón personal (que produce culpa y vergüenza) es una de las formas más prevalentes de no perdonar que observo en las personas a las que asesoro. La vergüenza y la culpa pueden desviarte más que cualquier otra cosa, en la persecución del propósito de Dios para tu vida. Estas dos cosas dan a menudo lugar a lidiar con mecanismos que, a su vez, llevan a una mayor falta de perdón personal. La espiral descendente se profundiza con el tiempo. La falta de perdón personal también nos roba la confianza y el valor que requiere la vida de fe cristiana. El Señor se mueve con frecuencia en respuesta a nuestras oraciones de fe en Él. Si estás atado por la vergüenza y la culpa, no te acercarás a su trono con valentía para pedir sabiduría, dirección y bendición, aunque Él te invite a hacerlo (He. 4:16). En vez de ello, retrocederás, porque supones que Dios debe de estar decepcionado y enojado contigo. Y si es así, te preguntas: ¿por qué querría escucharme? El apóstol Pablo nos da un maravilloso ejemplo de perdón personal. Si alguien debería haberse retenido de buscar lo mejor de Dios para su vida, era Pablo. Después de todo, solía asesinar a cristianos por deporte. Leemos: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador” (1 Ti. 1:12-13). NO PERDONARTE A TI MISMO ES CRUCIFICAR A CRISTO UNA Y OTRA VEZ. Pablo había hecho todo lo puedas imaginar y más. De hecho, él mismo dijo que era el peor de lo peor. “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (vv. 15-16). Pablo es un ejemplo para todos nosotros. En otras palabras, si Cristo pudo perdonar a Pablo, amarlo y usarlo de una manera extraordinaria para su reino y para el bien de otros, puede hacer lo mismo con cualquiera. No hay pozo demasiado hondo, pecado demasiado grave ni pensamiento demasiado espantoso que pueda alejar a alguien de la abundante gracia, fe y amor que hay en Cristo Jesús (v. 14). Amigo, Jesús murió por ti en la cruz para perdonarte. Asumió tu castigo para que puedas vivir libremente en su perdón. No perdonarte a ti mismo es crucificar a Cristo una y otra vez. Es insultar su sacrificio y declarar que no fue suficiente. Esto me suscita una pregunta. Si la muerte de Cristo fue suficiente para que Dios te perdonara, ¿no lo es que te perdones tú? Si luchas en este ámbito de falta de perdón personal, uno de tus mayores actos de fe podría ser arrodillarte y pedirle al Señor que te bendiga. Tal vez no creas merecer su misericordia, su gracia y su bendición (¿y quién los merece?). Pero Él anhela dártelas. Murió para eso. ¿No quieres tomarte unos minutos ahora e inclinarte delante de Él para pedirle que te bendiga, que te dé su sabiduría, su gracia, su amor y la libertad de saber que nada de lo que hayas hecho jamás te puede separar de su bondad y cuidado? No intentes cubrir tus remordimientos pasados con otros nuevos. Más bien confiésalos, suéltalos y avanza hacia la gracia abundante y la victoria que Dios tiene para ti.
Podría sorprenderte descubrir que empezamos por el perdón personal, o perdonarte a ti mismo. En realidad, la falta de perdón personal (que produce culpa y vergüenza) es una de las formas más prevalentes de no perdonar que observo en las personas a las que asesoro. La vergüenza y la culpa pueden desviarte más que cualquier otra cosa, en la persecución del propósito de Dios para tu vida. Estas dos cosas dan a menudo lugar a lidiar con mecanismos que, a su vez, llevan a una mayor falta de perdón personal. La espiral descendente se profundiza con el tiempo. La falta de perdón personal también nos roba la confianza y el valor que requiere la vida de fe cristiana. El Señor se mueve con frecuencia en respuesta a nuestras oraciones de fe en Él. Si estás atado por la vergüenza y la culpa, no te acercarás a su trono con valentía para pedir sabiduría, dirección y bendición, aunque Él te invite a hacerlo (He. 4:16). En vez de ello, retrocederás, porque supones que Dios debe de estar decepcionado y enojado contigo. Y si es así, te preguntas: ¿por qué querría escucharme? El apóstol Pablo nos da un maravilloso ejemplo de perdón personal. Si alguien debería haberse retenido de buscar lo mejor de Dios para su vida, era Pablo. Después de todo, solía asesinar a cristianos por deporte. Leemos: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador” (1 Ti. 1:12-13). NO PERDONARTE A TI MISMO ES CRUCIFICAR A CRISTO UNA Y OTRA VEZ. Pablo había hecho todo lo puedas imaginar y más. De hecho, él mismo dijo que era el peor de lo peor. “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna” (vv. 15-16). Pablo es un ejemplo para todos nosotros. En otras palabras, si Cristo pudo perdonar a Pablo, amarlo y usarlo de una manera extraordinaria para su reino y para el bien de otros, puede hacer lo mismo con cualquiera. No hay pozo demasiado hondo, pecado demasiado grave ni pensamiento demasiado espantoso que pueda alejar a alguien de la abundante gracia, fe y amor que hay en Cristo Jesús (v. 14). Amigo, Jesús murió por ti en la cruz para perdonarte. Asumió tu castigo para que puedas vivir libremente en su perdón. No perdonarte a ti mismo es crucificar a Cristo una y otra vez. Es insultar su sacrificio y declarar que no fue suficiente. Esto me suscita una pregunta. Si la muerte de Cristo fue suficiente para que Dios te perdonara, ¿no lo es que te perdones tú? Si luchas en este ámbito de falta de perdón personal, uno de tus mayores actos de fe podría ser arrodillarte y pedirle al Señor que te bendiga. Tal vez no creas merecer su misericordia, su gracia y su bendición (¿y quién los merece?). Pero Él anhela dártelas. Murió para eso. ¿No quieres tomarte unos minutos ahora e inclinarte delante de Él para pedirle que te bendiga, que te dé su sabiduría, su gracia, su amor y la libertad de saber que nada de lo que hayas hecho jamás te puede separar de su bondad y cuidado? No intentes cubrir tus remordimientos pasados con otros nuevos. Más bien confiésalos, suéltalos y avanza hacia la gracia abundante y la victoria que Dios tiene para ti.